Estamos en la semana mundial por un parto respetado y eso me inspira a comentar algunas otras cosas acerca de mis partos.
Yo tenía claro que no quería parir en un hospital. Así que el 22 de Enero de 1996 estaba yo sentándome por primera vez en el consultorio de la ginecóloga que le escuché mencionar a un maestro de psicoterapia reichinana (español) que practicaba partos en casa. "Quiero tener a mi bebé en mi casa" le dije, "¿Cuántas semanas de embarazo tienes?" me preguntó, "No estoy embarazada todavía", fue mi respuesta ante la cuál la Dra. puso cara de esta chava está loca... jajaja. "Vamos por partes, primero te embarazas y luego vemos donde vas a parir".
Pero a los tres meses meses de esto estaba embarazada y exactamente el 22 de Enero de 1997 parí a mi hijo Santiago en el departamento que amorosamente nos prestó un amigo en el D.F. Ahí fue donde echamos nido Carlos y yo para que nuestro primer bebé llegara al mundo en un ambiente cálido, con la luz natural del día, con el olor de nuestra piel, con las sonrisas de todos los que estuvieron presentes.
Le dije a muy pocas personas donde nacería nuestro hijo, y a las pocas personas que se los dije se les pararon los pelos de punta, excepto a mis padres. Pero mis amigas me contaban historias de terror para hacerme desistir de tal "locura". Yo sé que lo menos que pensaban de mi es que era una absoluta irresponsable. Pero la verdad es que yo quería un parto sin violencia para mi y para mi bebé. Ya les conté que yo vine al mundo en condiciones nada amables. Y me sentía muy segura con esta ginecóloga, ahí estaba una doula (acompañante del parto) que nos acompañó y guió todo el tiempo. Ahí estaba la pediatra neonatóloga para recibir al bebé. Ahí estaba una ambulancia estacionada en la puerta para cualquier emergencia. Ahí estaba mi amiga Raquel filmando el parto. Y sobretodo, ahí estaba Carlos, bailando conmigo, abrazándome, ayudandome a pujar, participando en todo momento del día más importante de nuestras vidas. Puede ser que me arrepienta de algunas cosas, pero de haber tenido este parto así, jamás.
Aquel miércoles de Enero, comenzaron las contracciones a las 7 de la mañana, para las 9 eran muy regulares, en ese momento llamamos a todos, Carlos se fue al banco, yo me dormí una siesta (si, con todo y contracciones). A las 11 la cosa se puso buena, contracciones más intensas, a respirar se ha dicho. A la 1 estaba comenzando a pujar. ¡Ah! los años bailando me habían endurecido el periné y mi chamaco era un cabezón como su madre. Pujamos un par de horas. A las 3:30 estaba en mi regazo, lo sosteníamos juntos Carlos y yo en medio de risas y lágrimas, la habitación se llenó de luz. Todos tan felices, ¡era una fiesta! A las 5 de la tarde solos los tres en nuestro nido de la colonia Mixcoac, éramos una familia completa.
Nunca me he sentido más plena, más mujer y más poderosa que ese día.
En Mayo del año siguiente estábamos recibiendo a Martí, ahí mismo. Pero esa historia merece detallarse en otra ocasión. Sólo les comparto, fue muy distinto, pero igual de bello. Santiago vio nacer a su hermano y eso los unió en una forma única. Se aman profundamente aunque sean completamente distintos, tan distintos como su arribo al mundo.
Y nunca dejaré de preguntarme ¿por que hay tantas mujeres que prefieren programarse cesáreas, que dizque para "que no les duela"? ¿cómo pueden preferir una cirugía mayor a un proceso para el cuál nuestro cuerpo fue diseñado? ¿Cómo puede haber tantos médicos sin escrúpulos que promueven este tipo de creencias? Las cesáreas son una bendición en el caso de ser realmente necesarias. Bajo condiciones muy específicas, pero el índice de cesáreas en México es completamente absurdo.
El proceso mediante el cuál se le ha hecho creer a la mujer que parir es una "condición médica" y no la culminación de un proceso natural que ha sucedido desde siempre, es muy largo para explicarlo aquí, sin embargo voy a citar sólo como ejemplo, un pequeño párrafo del libro Mamatoto. La celebración del nacimiento. Editado por The Body Shop hace unos 17 años.
"Fue el tocólogo de la reina de Francia quien, en 1738, introdujo por primera vez la práctica de colocar a la mujer sobre la espalda durante el parto. La parturienta ya no pudo ver emerger a su hijo nunca más y tuvo que empujar en contra de la gravedad, pero así era más conveniente para el médico. Poco tiempo después, los médicos masculinos diseñaron instrumentos metálicos para sacar al bebé estirando y, mientras la ciencia progresaba, los doctores introdujeron los fármacos en la sala de partos. Drogadas, las mujeres tienen con frecuencia dificultad para sintonizar con su cuerpo y empujar al niño durante el parto, lo que las hace incluso más dependientes del médico".
Espero de todo corazón que las mujeres recuperen su soberanía en este terreno, que los papás se involucren en el proceso de nacimiento de sus hijos y participen activamente en su crianza. Que los tiempos del siglo XXI traigan familias amorosas, unidas, sin violencia alguna.
Creo sin lugar a dudas, que eso contribuye a crear un mundo de paz y armonía.




