martes, 17 de septiembre de 2013

Sus ojos la llevaron al mar

Se llamaba Ganja. Fue un regalo de bodas. Nos la regalaron entre varios amigos. Era negra, su pelo brillaba como la noche. Era incansable, inteligente, graciosa. Una gran cazadora de tlacuaches y una gran buscadora de ramas gigantes en el lago de Valle de Bravo. Trepaba a los árboles de aguacate de mi casa y se escapaba al bosque, regresó preñada un par de veces. Aprendí como poner límites con amor al mirarla hacerlo con sus cachorros. Cuidaba a mis cachorros como si fueran suyos. Corría como una pantera en el bosque, siempre regresaba con lo que parecía una sonrisa, parecía apurarnos, como que no entendía porque éramos tan lentos. Una vez, todavía era cachorrita, se perdió... yo lloraba mirando por la ventana, Carlos pegaba tantos carteles como lágrimas escurrían por mis ojos, llamaron a la única estación de radio en Valle, un hombre la había encontrado. Nos encontramos con él afuera de la estación, trepamos a la camioneta, a mi izquierda Carlos, a mi derecha el desconocido que empezó a contarnos de sus días en la "sombra" y cómo no quería tener líos, por eso nos la devolvía...
Mi vecino, que odiaba a los perros, decía que a Ganja sólo le faltaba hablar, eso porque así como era de inquieta, era increíble la suavidad con la que se comportaba cuando había bebés, y él tenía triates. Le fascinaba ver cómo era amable con sus hijos, les tenía más paciencia que su mujer.
Así fue la vida de mi perra, mi "primogénita", como me gusta llamarla. Se había sentido mal, tenía displacia de cadera, lo cual era una desgracia para un animal tan dinámico. Había que operarla, cortarle la cabeza del fémur para que ya no sufriera dolor, en medio de la cirugía llamó el veterinario, malas, muy malas noticias, tenía cáncer en los huesos... su muerte era segura y sería una muerte terrible, lo mejor era dormirla. Regresó a casa, triste, como si supiera lo que iba a pasar. Mis hijos bien pequeñitos, les explicamos lo que pasaba, se acostaron junto a ella en el suelo a darle besos y caricias y decirle adiós. Por la mañana compré una "cuna de moisés" bien grande, muy floreada. Llevamos a Ganja a nuestro terreno. El veterinario me explicó el procedimiento, lo que iba a hacerle para que no tuviera dolor. Yo le expliqué a Ganja, le tomé la cara entre mis manos y la miré a los ojos todo el tiempo, le di las gracias por tantos años de alegría y aprendizaje, y la vida se le escapó delante de mis ojos, poco a poco sus ojos fueron quedando vacíos, hasta cerrarse en un sueño sin retorno. La enterramos, junto con su hueso de carnaza y una monedita que Martí le llevó para que "comprara dulces en el recreo" y encima sembramos la "cuna de moisés".
Pasaron un par de semanas, yo lloraba, en medio de la clase de yoga, en el bosque, en el terreno... yo lloraba. Y una noche tuve un sueño, un sueño increíble, soñé que era un delfín. Le tomaba su cara otra vez entre las manos, ella sonreía en su nuevo cuerpo de delfín y se iba nadando mar adentro.
Alguien me dijo después que cuando ayudas a un animal a morir con compasión estos reencarnan en seres más evolucionados; no lo sé, pero si sé que a Ganja le habría encantado la idea de nadar sin parar en su siguiente vida. Fue entonces cuando dejé de llorar.